Por Gastón Vila Calderón
En las estribaciones de las sierras puntanas, San Francisco del Monte de Oro guarda una historia que trasciende sus límites geográficos. Allí, en 1826, un joven Domingo Faustino Sarmiento, con apenas 15 años, llegó junto a su tío, el presbítero José de Oro, y convirtió un humilde rancho de adobe, paja y vigas de sauce en una escuela.
Bajo la sombra de una higuera que todavía permanece como testigo de aquella experiencia, Sarmiento enseñó a leer y escribir a niños y adultos. Dos siglos después, aquella iniciativa continúa formando parte de la identidad de la localidad, reconocida como la Cuna de la Educación Pública y de los Maestros.
Este 11 de septiembre, cuando el país celebra el Día del Maestro, el Bicentenario invita a mirar esa historia desde las experiencias de quienes hicieron y hacen escuela en San Francisco del Monte de Oro. Tres generaciones de docentes, Amalia Otazúa, Isabel Gómez y Melisa Gil Arias, ponen en palabras distintas maneras de vivir una misma profesión.
“Eduquen con amor y dejen en cada niño una linda huella”
Amalia Otazúa dedicó buena parte de su trayectoria a las escuelas rurales. Enseñó en Las Chimbas, La Botija y Balde del Carmen, establecimientos alejados de los centros urbanos, donde fue responsable de alumnos de primero a sexto grado como personal único.
La tarea cotidiana iba mucho más allá del aula. Preparaba el desayuno y la merienda, acompañaba a los chicos en sus desplazamientos y atendía las necesidades que surgían en aquellas comunidades.
“Yo me iba de mi casa entre diez y quince días”, recordó al evocar aquellos años.
La distancia y las dificultades no hicieron menos profunda su elección profesional. Para Amalia, enseñar fue una forma de vida atravesada por el afecto.
“La docencia es lo más grande y lo más hermoso que Dios me ha dado, porque eduqué con amor, con profundo amor”, expresa.
Su historia familiar también estuvo ligada a la enseñanza. Proveniente de una familia de educadores, transmitió esa vocación a sus cuatro hijos, quienes también eligieron el camino docente.
Al pensar en quienes hoy comienzan a transitar la profesión, su mensaje sintetiza una manera de entender la educación: “Eduquen con amor y dejen en cada niño una linda huella”.
“Era lo mejor que me sucedía”














